lunes, 21 de diciembre de 2009

Código de fanático (Capítulo de "Orilla de playa")




Por Federico Pacanins

I

Tal vez la existencia de la crítica deportiva suponga que todo aficionado “serio”, diletante, necesite de cierta toma de conciencia para decantar sus modos de expectación. Una manera racional, digamos, de procurarse la degustación plena del deporte con exclusión de los caprichos emocionales propios del fanatismo. Que quien de verdad guste, poco a poco se pueda ir adentrando no sólo en la divisa y sus héroes, sino también en el arte del juego saboreado con independencia del color de la gorra.
Nada fácil dentro de una expectación por puro gusto, esto de dar foco al deporte y dejar atrás la pasión fanática, emocional, para convertirla en exigencia intelectual, analítica, cuasi-académica, que no admite errores ni necedades. Los cambios de tono nunca han sido sencillos y este, de la entrañas a la cabeza, resulta demasiado parecido a los malos cuentos existenciales del cariño transformado por los años -“te quiero hasta más que antes, pero distinto”- y un etcétera de especies similares.
Las aficiones lúdicas piden variación, sustento emocional reforzado, de lo contrario desaparecen. El ciclo mismo de crecimiento de todo individuo se confirma o desplaza en materia de gustos: Ayer el juego de metras, hoy el dominó; ayer y hoy el ajedrez o la expectación de espectáculos deportivos con suficiente materia para el corazón y la cabeza.
El béisbol en Venezuela gusta por popular, por arraigo en nuestras costumbres, por su reiterada práctica, por afinidad con la familia, los amigos, la casa o la calle. Pero hay mucho más: quien, por la causa que sea, desee extraer del béisbol el placer del análisis sesudo, siempre allí hallará la especialidad con suficiente porción de intelecto para divertir la mente más aguda.
Estadísticas, comentarios, reseñas, reportajes, reflexiones y especulaciones, día a día llenan horas de radio o televisión internacional o nacional. La crónica deportiva venezolana dedicada a la pelota –local o de Grandes Ligas- es tan importante que genera cientos de páginas en todos los periódicos de circulación nacional. La afición se sostiene y crece con los avatares de los practicantes y sus equipos, con su difusión por medios de comunicación masivos, pero también con el juego mismo. El enorme cúmulo de reglas complejas, la extensa normativa, su consiguiente estrategia involucrada en cualquier encuentro, da materia no solo para valorar y destacar la poca o mucha destreza física de los practicantes, sino para realizar cualquier clase de íntimo ejercicio analítico hasta de la ontología del deporte. A una prueba concreta lo invito.
Un juego perfecto de pelota, fíjese, desde un punto de vista físico, casi supone la inmovilidad colectiva. Piense tan solo en el juego ideal, extremo: veintisiete ponches consecutivos, sin tan siquiera un foul de una parte, y veintiséis ponches de la otra. Al final todo se decide por un jonrón. Pitcher y catcher con 81 lanzamientos de strike por los ganadores, y otro tanto por los perdedores. El jonrón final, sobre un último posible strike-out, decide este encuentro ideal, de ensueño, en una hora de juego con la sola aparente movilidad deportiva de dos pitchers, dos catchers y un bateador final que consigue no abanicar, sino llevar la bola a las gradas. El resto, los otros trece alineados de los dos equipos, sencillamente no hace nada de nada. Tal el hipotético juego perfecto de los juegos perfectos para quienes gustan y conocen. Para quien no gusta ni conoce, sería una locura de hombres uniformados atestiguando como alguien tira una pelota a otro, mientras los bateadores fallan y fallan. ¿Será el béisbol –vale la pregunta- un deporte de puras entelequias satisfechas o no por la destreza física de quienes lo practican?
Filosofía beisbolística aparte –tema de un libro completo-, la intelectualización del gusto por la pelota siempre ocurre en favor de traer nueva energía al fanático de años. Ese aficionado conocedor de reglas, estrategias y avatares de la pelota – pero casi huérfano de sus euforias deportivas juveniles-, de pronto se atreve a reflexionar por sí mismo para compartir puntos de vista – diez en nuestro caso-, dispuestos en un código personal de expectación si no del todo interesante, al menos debatible:

Primero. Es necesario tomar conciencia de la categoría que se está presenciando. La práctica del béisbol está organizada en categorías de acuerdo a la habilidad de los jugadores y allí se debe concentrar el nivel del juego ofrecido. No es lo mismo un partido de liga aficionada, inter obrera o infantil, que uno del béisbol profesional venezolano u otro de las Grandes Ligas. Las exigencias en cada caso son muy distintas y requieren de la comprensión del espectador.

Segundo. Como no es posible detallar el nivel de cada categoría, pues digamos que una cosa es el deporte aficionado, de practicantes que en principio no cobran por jugar, y otro superior, el profesional, ofrecido como espectáculo comercial de primer orden. Esto no significa que el campo aficionado no sea capaz de ofrecer juegos emocionantes y de buena técnica; quiere decir que la expectativa para que ello ocurra es mucho mayor entre profesionales y así debe exigirse.

Tercero. Aceptemos como principio que el béisbol profesional tiene la mejor oferta cualitativa y, por ello, tratemos de precisar sus características así necesitemos salvar un particular escollo: no existe libro, panfleto ni manual, que describa las exigencias de cada categoría. Hay, sí, mucha documentación estadística de equipos, juegos y jugadores -continua información y crítica de toda especie-, pero tal profusión de datos la más de las veces confunde en lugar de aclarar. Para colmo, en el caso del béisbol profesional las categorías son tantas, de tan variado nivel, que es difícil tener en su mente un registro fiel de la correlación cualitativa entre ellas.
Solo nos queda entender por nosotros mismos esas clasificaciones e idealizar, según nuestra particular experiencia, las características del juego en su mejor nivel -las Grandes Ligas- para, desde ese nivel ideal, adecuarnos a las diversas ofertas del béisbol profesional y, en línea descendente, del béisbol aficionado. En otras palabras, saber qué se le pide a un espectáculo Grandes Ligas para con ello ir tolerando y, en consecuencia, degustando los otros niveles inferiores (“Ir de lo sublime a lo ridículo”, utilizando términos de cierto comentarista local).

Cuarto. El espectáculo ideal de Grandes Ligas, ofrecido profusamente por radio y televisión, podría funcionar para el espectador de acuerdo a un caprichoso decálogo parecido al siguiente:
1) El partido de pelota debe exhibir la práctica del deporte en su nivel más refinado, jamás un espectáculo circense. De allí el aplauso adeudado a los juegos de marcador cerrado, sin errores, con despliegue de virtudes ofensivas, defensivas y tácticas por ambos contrincantes.
2) Los Managers deben dar a entender que el béisbol de liga grande tiene el más serio carácter comercial. Espectadores y promotores pagan y comprometen espacios y tiempo importante para difundir un partido. Tiempo y espacio ajenos, lo sabemos todos, es cosa muy seria; de profundo interés económico y emocional. El manager de liga grande no debe entregar un juego pensando en el mañana; nunca, jamás puede dejar de ordenar todos los movimientos estratégicos necesarios para ganar. En términos de código de honor estratégico: No se toleran más de tres o cuatro carreras contra el pitcher abridor; el jugador que presente problemas, o no sea el más adecuado en un momento dado, es inmediatamente sustituido; siempre juegan los más dotados para el momento oportuno y han de hacerlo fuerte, con toda la destreza y fina estrategia que supone la máxima categoría del deporte.
3) El buen picheo abridor debe ofrecer la posibilidad del mejor juego completo en manos de un solo pitcher, es decir, los clásicos “nueve ceros” y sus magnificaciones (el “no hit no run” o el juego perfecto), podrían al menos pulular en el ambiente.
4) La defensa de los equipos jamás permitirá más de un par de errores.
5) El catcher es un jugador defensivo estelar. En él se concentra la posibilidad de frustrar la jugadas de robo de base en un porcentaje superior al 30% de los intentos (no son tolerables pitchers de liga grande con un mal movimiento de cuido al corredor, a quienes deben cargarse la causa del robo de base). La ausencia de la posibilidad del out en intento de robo y el picheo descontrolado (las carreras empujadas por bases por bolas) son características propias del peor béisbol aficionado.
6) Los jardineros son jugadores de respetable brazo, con la virtud de hacer tiros fuertes y directos a todas las bases y a la goma.
7) Los jugadores centrales del cuadro, el short stop y el segunda base, juegan en yunta, siempre listos para ejecutar la más importante jugada defensiva: el “doble play”(Double play)
8) El jonrón es un punto central del juego; en consecuencia los equipos están sujetos a ofrecer dos o tres jugadores con un jonrón en la punta del bate. Equipos sin hombres poderosos, construidos con base en la pura velocidad, son la negación del máximo evento dentro del espectáculo.
9) Varios jugadores deben tener habilidades, ofensivas y defensivas, típicas del virtuoso del deporte: El pitcher relevista con velocidad cercana a las 100 millas, el bateador ambidiestro, el corredor de base cercano a un velocista de 12 segundos por 100 metros planos o el bateador con más de 300 puntos de average, por solo nombrar cuatro de esos virtuosos.
10) Es dable la jugada proveniente de una sentencia arbitral atinente a las reglas sofisticadas del juego. Un “balk” del pitcher que favorece al corredor con una base extra, el out por regla de interferencia o por “infield fly”, deben ser placeres normativos de alta degustación beisbolera, no siempre presentes en categorías ordinarias, pero del todo estimables en un espectáculo de la máxima liga.

Este personalísimo conjunto de observaciones de expectación contiene una excepción y una invitación. La excepción está dirigida al trato especial que nos merece el béisbol profesional venezolano; un caso en que el fanatismo apasionado por la divisa puede razonablemente acabar con la madurez fanática. Cosa de conservar la atracción inicial que movió el gusto por el juego, digamos, y dejar que el grito de guerra deportiva termine con la invitación a integrarse al pacífico clan que busca satisfacer intelecto y pasión a un mismo tiempo (¿cómo un caraquista consigue aceptar que el juego perdido con el Magallanes fue bueno?).
En cuanto a la invitación, vale para que cada quien ordene sus propias reglas de disfrute como espectador y acaso comparta, como toca a continuación, los eventos de tinte excepcional que la buena pelota puede y debe traernos.


II

Suponga la expectación televisiva por uno de los juegos de la temporada de béisbol nacional o de Grandes Ligas. Nada que ver con una confrontación final o un duelo de rivales; tan solo un momento en el que usted está animado a seguir su impulso de afición natural, de búsqueda de la pelota como espectáculo con independencia de las fiebres propias del favoritismo por equipos y peloteros. Aproveche la oferta televisiva, haga un simple ejercicio imaginativo –reitero la invitación- y tome así cuenta de ciertas jugadas o circunstancias particulares, probables, con la potencialidad de darle sabor de espectáculo a todo juego de béisbol profesional. Por decir:

El juego perfecto
Es el equivalente al indulto del toro de la fiesta taurina, o a la ronda de golf en 59 tiros. Porque no hay mejor construcción dramática para este deporte –tal vez con muy poca acción física, como arriba anotamos- que el juego donde poco a poco, a la medida que caen los innings, va dibujándose una circunstancia que sin ir en contra de su propia naturaleza colectiva, enaltece el heroísmo individual:
El lanzador, siempre trabajando por y para su equipo, va eliminando a los atacantes, uno a uno… quinto, sexto, séptimo inning… De pronto el foco de interés cambia. Ya el logro en equipo queda desplazado por la posibilidad de la hazaña particular de un lanzador presto a salir inmaculado de la confrontación….octavo y noveno inning… 25,26 y 27 hombres al bate, el mínimo posible…
Quien lance sin hits, ni carreras, sin que ningún contrario pise la primera base, así siempre esté involucrada la habilidad defensiva de sus compañeros, pues recibirá el calificativo de haber lanzado un Juego Perfecto. Y si acaso lo logra en la liga grande, quedará perpetuado en compañía de los Don Larsen, David Wells o David Cone -ejemplos de peloteros yankees- quienes, si bien ni pertenecen ni pertenecerán a ningún Hall de la Fama, han dejado grabado su nombre en toda memoria de fanático que se precie. (Por cierto, Dennis Martínez, único latino en hacerlo a ese nivel, está a la espera de su posible admisión en ese exclusivo Hall de la Fama).

“No hit, no run”

Nolan Ryan tiró siete; Sandy Koufax, cuatro. Y en el tránsito de la conquista de tales credenciales, sabe quien cuántos aficionados no asistían al parque con la secreta esperanza de verlos hacer eso: cero hits, cero carreras; como mucho algún error o alguna base por bolas que diera la mínima licencia de agresión a los bateadores contrarios dándole mácula al juego perfecto. Más nada.
A falta de juego perfecto, cabe su mejor y más probable subtipo: tensión dramática parecida con el mismo resultado heroico a favor de la fama del picher y, también, ese sabor propio de los eventos deportivos inolvidables.

Cuatro jonrones
Cada jugador alineado puede llegar a consumir cuatro o cinco turnos durante un juego de características normales. Significa esto que tales son sus oportunidades para alcanzar la máxima conexión posible: El jonrón. Nadie en su sano juicio discute el grado de importancia del batazo que, por si solo, da oportunidad de generar carreras. Sencillamente, no existe mejor acto ofensivo en favor de su equipo por parte de un jugador.
¿A cuánta perfección puede llegar la ofensiva individual durante un partido?, ¿cuál es el mejor equivalente ofensivo al lanzador de los no-hits? Pues el bateador que da tres batazos de vuelta completa y sale en búsqueda de un cuarto. Turno a turno va la oferta de tensión dramática para el aficionado, muy parecida a la del out 27 en el juego perfecto…Y si no lo cree así, pregúntele a quien haya visto a Mark Whiten en su noche de 1993 con San Luis, al Mike Smichdt del 76, Willie Mays del 61 o, mucho más atrás, aquí mismo en Venezuela, aquel Russell Rac que dio los cuatro palos en un juego del desaparecido campeonato rotatorio nacional de los años cincuenta.

La escalera
En un juego de poker la diversidad equilibrada -cinco barajas con perfecta secuencia numérica-, tiene carácter de mano excepcional: As, K, Q, J y 10 de la misma pinta, equivale a un súper premio para el apostador; vale decir, la Escalera Real. En el juego de pelota, esta figura trata del bateador que, en los turnos de su natural barajo, da batazos positivos de distinto rango y calibre: el sencillo, el doblete, el triple y, para coronar la faena, el jonrón (no necesariamente en este orden).
El efecto de la escalera beisbolística es casi tan imponente como el de los 4 jonrones. Preferir un poker de cuadrangulares en este imaginario reparto de maravillas peloteras, es tan solo cosa de gustos y colores. (¿Qué diría el escalador Bob Watson, quién lo hizo tanto en la Liga Nacional como en la Liga Americana de las Grandes Ligas?).

Triple play
Una jugada tan extraña que, tal cual los pavos reales más exóticos, encandila por su rareza. Puede que ocurra una decena de veces en una temporada de Grandes Ligas, pero quizás no suceda nunca. Y si bien no genera espacio en los libros de records, siempre consigue perdurabilidad en la memoria de todos quienes la presencian: En una misma jugada, sobre un mismo turno al bate, con un solo batazo... no uno, ni dos sino tres outs. Y el inning fuera.
Todavía vive en nuestra memoria aquel David Concepción vestido de Tigre de Aragua quien, con su sola habilidad -sin la participación de ningún otro compañero-, pisó bases, tocó corredores, y luego de ejecutado el tercer hombre, se dio el lujo final de lanzar a home en busca de un imposible… ¡el cuarto out!

Robo de “home”
Un acto que vive en el lindero entre lo sublime y lo ridículo: son los 30 pies para un pitcher profesional que puede lanzar la pelota a unas 90 millas por hora, más o menos, en contra de un corredor a 90 pies del home, en la tercera base, quien tan solo puede correr a unos 11 segundos por cada 100 metros, en el mejor de los casos.
El resultado de este problema de física no necesita de conocimientos ni cálculos científicos; en el papel la pelota siempre le ganará al corredor. Pero para el deporte no todo es ley física. Vale tanto o más la intervención humana a favor de tomar ventaja del descuido, ventaja del cansancio ajeno o de la destreza propia a la hora de tomar terreno… uno, dos, tres pasos, el lanzador que bosteza y otro pasito extra. Un movimiento de picheo –windup-, lento, acompaña la aparente distracción del catcher y, al fin, el instinto pelotero obliga al corredor a retar las propias leyes de física... ¡quieto!… El aplauso colectivo y en manos del anotador la decisión de banalizar el acto al castigar la impericia o negligencia del pitcher, de un “catcher-error”, de wild pich o past ball , o por el contrario otorgar el inolvidable premio de un robo de home a favor del corredor.
Por cierto, en los anales de la pelota venezolana todavía vive el recuerdo de Elio Chacón robándose el home en la Serie Mundial del 61. El único detalle estuvo en que el anotador le quitó la formalidad del premio, al apreciar un past-ball en contra del catcher, y también de quienes escuchamos por radio la hazaña del compatriota.

“Squeeze” suicida
Quizás su calificativo “suicida” confunda a quien piensa que los suicidios rara vez se ordenan. Mejor debería llamarse “Squezze antisuicida”. Mejor vamos por partes.
Se trata de una jugada de laboratorio donde la mente del manager funciona concordada con sus coaches, corredores y bateador. Que el corredor de tercera, sin pensarlo ni tomar en cuenta de la oportunidad, cual kamikaze, salga obligado a la conquista del home con el próximo lanzamiento, mientras el bateador, sea como sea, toque la pelota, buena o mala, para ayudar a conseguir la carrera -él es quien finalmente se sacrifica- y evitar así el suicidio del corredor. Un drama completo desarrollado y resuelto en diez segundos, para satisfacción de quienes creemos en el alto grado de planificación estratégica que comporta el buen béisbol.

Jonrón con tres en base

Vamos bajando en la escala de eventos espectaculares. Llegamos así a ciertos eventos que si bien usuales, no dejan de tener su carga de interés. El jonrón con tres en bases, al igual que el squeeze suicida, no podrá jamás calificarse de curiosidad o rareza; de hecho sucede con la frecuencia suficiente para convertirlo en la más común de las grandes atracciones ofensivas probables de un juego de béisbol. En las Grandes Ligas Lou Gehring dio 23, Willie McCovey 18, y fueron esos los momentos individuales más brillantes de sus respectivas carreras. Si a ver vamos, ¿puede pedírsele algo más a un bateador, en un solo turno al bate, que el mejor batazo ofensivo justamente al momento de las máximas consecuencias?
El acto del jonrón con tres en bases en liga grande en recientes años fue adornado por un Fernando Tatis, de los Cardenales de San Luis, quien dio dos en un mismo inning y al mismo pitcher (!!!).

Nueve ceros
En rancia prosapia beisbolera significa que un equipo, con la sola intervención de su lanzador abridor, gana sin que su contrario haga carreras. Es el tipo de confrontación que alimenta el record de efectividad del lanzador -cero carreras permitidas en las nueve entradas de un juego completo, “nueve arepas” en argot criollo-, que para muchos fanáticos exigentes puede producir un evento de inmejorable calibre técnico: el duelo de lanzadores resuelto en el partido con pizarra final de una a cero.
Es una lástima como en los últimos tiempos el concepto ha variado a favor de dar escena a los blanqueos de varios pitchers combinados, o a las palizas magnificadas entre rivales… Nueve arepas que acompañan un 10 a 0, por ejemplo; ¿cómo poner eso en la misma categoría de la blanqueada de John Morris para darle a los Twins la Serie Mundial de 1991, en el mejor juego de béisbol que uno haya presenciado? ¿Cómo no grabar en la memoria el duelo de Johan Santana –Twins, de nuevo- y Freddy García –Medias Blancas-, para el clásico 1 a cero de puro talento criollo en las Grandes Ligas conquistadas por Oswaldo Guillén y sus Medias Blancas de 2005?

Extraining
El extrainning resuelve la paridad de la confrontación que luego de nueve entradas, resulta empatada. Tanta estima merece esta situación, que el legislador beisbolístico no dejó el resultado del partido a merced de un plazo, sino en manos de tantas prórrogas -innings extra- como sean necesarias. Nada de soluciones entregadas al azar, de inventos tales como duelo de batazos o de picheos perfectos. Queden al margen el tiempo de juego -factor nunca determinante en el béisbol-, el cansancio de los jugadores o el deseo de algunos espectadores. Sean entonces, tantos innings extras, que abren y cierran, como a bien se requieran para dar al empate la más justa de las soluciones: gana quien haga la carrera de más.


El evento final que hemos escogido, el extrainning, tiene el lustre adicional de haber nombrado por años la columna periodística de Rodolfo José Mauriello, maestro de la crítica venezolana en la materia, quien de seguro nos hubiese informado de otras jugadas de parecida estirpe, siempre útiles para afinar la apreciación del deporte. Digamos esos otros actos beisbolísticos que, por tremendamente extraños -lo de los dos jonrones por el mismo pelotero en un solo inning, un ejemplo-, también producen “espectáculo” a la medida de ese fanático diletante, “manager de tribuna”, que jamás abandonará el objeto de su afición.

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