jueves, 10 de diciembre de 2009

El zen y el arte de lanzar

por Ibsen Martínez

Hay quien sostiene, por ejemplo, que Tom Seaver debería ser considerado el mejor lanzador de todos los tiempos. Muchas de las leyendas que, en todas las listas de las peñas beisboleras, aparecen por encima de Seaver jugaron antes de la Segunda Guerra Mundial.

Y, sin embargo, mi modesta biblioteca de libros de records me deja ver que cinco contemporáneos de Seaver — Steve Carlton, Don Sutton, Nolan Ryan, Phil Niekro y el “salivador” Gaylord Perry— muestran más juegos ganados que Seaver. ¡Ah!, pero ninguno de ellos se acerca siquiera a los numeritos de Seaver: en veinte años en las mayores, Seaver ganó 311 juegos, redondeó una efectividad que, vitaliciamente, fue de 2.8 y ponchó a 3.640 oponentes.

Si se considera que, a lo largo de su dilatada carrera, Seaver lanzó para ocho equipos consistentemente perdedores y que, según el estadígrafo Bill James, cuatro de ellos sólo mejoraban sus cifras cuando Seaver estaba en la lomita, hay que concluir que, probablemente, se haya echado al hombro él solito más victorias que cualquiera de sus contemporáneos de hace veinte años.

Con todo, y es lo maravilloso del béisbol, alguien podrá avivar la discusión con una simple objeción del tipo “¿y qué me dices de Bob Feller o Roger Clemens o Sandy Koufax?” O bien, “¿dónde dejas a Greg Maddux, Steve Carlton o Pedro Martínez?” Para no hablar de Luis Tiant, Dennis Eckersely, Don Drysdale y el controvertido Orel Hershisher.

Desde que comenzó esta temporada me he ocupado de seguir, en lo posible, los partidos que abren Johan Santana y Carlos Zambrano. Estoy atento a sus calendarios, como quien sigue “Prison Break”. Me abisma la concentración que muestran, cada uno en su estilo.
Hace poco, David Brooks, un comentarista político del New York Times, aprovechó el comienzo de la temporada grandeliga para comentar un libro escrito hace años por un sicólogo deportivo llamado H.A.Dorfman. El libro se titula “El ABC Mental del pitcheo” y, según Brooks, pocos pitchers profesionales de alta competencia han dejado de sentirse impresionados por su lectura ni de aprovechar sus consejos.

Según Dorfman, sólo hay dos lugares en el universo mental del pitcher: el montículo…y todo lo que no es el montículo. Fuera de la lomita es donde se piensa en el pasado y el futuro; la lomita es para pensar en el instante presente. Cuando un lanzador pisa la lomita, instruye Dorfman, su mente sólo debe ocuparse de tres cosas: seleccionar el lanzamiento, decidir dónde quiere colocarlo y dónde está la mascota del receptor. Si le da por pensar en cualquier otra cosa, debería irse al dugout.

Para Dorfman, los bateadores no existen. Deben ser percibidos por el lanzador como vagas y genéricas abstracciones que flotan en una zona fuera de su control. Un lanzador no debe juzgarse a sí mismo por el hecho de que lo bateen poco o mucho: su criterio debe ser si en cada lance lanzó el pitcheo que se proponía lanzar.
Dorfman prescribe algunos rituales respiratorios, pero la idea polar de su método estriba en que un pitcher debe pensar “simple and small”; esto es, con sencillez y en pequeño. Lo que define al pitcher, dice, “es el modo como la bola se aleja de su mano…”.

Si esto no es budismo Zen, dígame usted entonces qué podrá ser.

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